martes, 24 de noviembre de 2015

De los viajes de vuelta en caja de pino

Al oír las declaraciones de Pablo Iglesias no he podido evitar recordar uno de mis episodios favoritos de los Monty Python, en el que un soldado entra en el despacho de su coronel para decirle que quería abandonar el ejército, no por pacifista, sino porque era un cobarde y se había dado cuenta de que en caso de entrar en guerra, con las armas que tenían, que disparaban balas de verdad, alguien podía salir herido e incluso morir. 

¿Qué pasaría, señor Iglesias, Dios no lo quiera, sufriera usted mañana un incendio en su vivienda? Me juego un brazo a que llamaría a los bomberos, pero antes de descolgar el teléfono para marcar el 112, ¿reflexionaría usted sobre la posibilidad de que alguno de los hombres que acudiera en su auxilio, pudiera terminar en caja de pino? Igual se lo planteaba, no voy a decir yo que no, pero así me lo jurase sobre la colección completa de Juego de tronos, no me creo que eso le hiciera renunciar a llamarles para que fueran en su ayuda.

Está claro que nadie quiere que se le despeine ni una ceja a ninguno de nuestros soldados, de la misma forma que tampoco querríamos que ningún bombero saliera herido al rescatar a alguien, ni que un policía sufriera daño alguno al liberar rehenes en un atraco, etc., etc., etc. Hay profesiones como estas, señor Iglesias, en las que los que las desempeñan llevan la valentía y el coraje impresos en el ADN y no dudan en arriesgar su propia vida por salvar la de otros. Gracias a ellos los demás podemos vivir algo más tranquilos. 

Esta gente que puede terminar en cajas de pino, (enhorabuena por su elocuencia a la hora de describir cómo nuestros héroes de a pie pudieran terminar sus días), a lo mejor no ha recibido con mucha alegría su preocupación por ellos. Me parece que no me equivoco si digo que los soldados están más que orgullosos de hacer lo que hacen y su vocación de servicio hacia su patria y sus compatriotas es inquebrantable.

Nos han metido en una guerra, le guste o no. No es una guerra a la antigua usanza, en la que un país le declaraba la guerra a otro, sino algo mucho más complicado a lo que estamos aprendiendo a enfrentarnos, pero no deja de ser menos guerra por ello. Si nos atacan, tendremos que defendernos y nuestros soldados, llegado el caso, tendrán que cumplir con su misión, la que por otra parte estoy convencida que desempeñarían orgullosos y no le darían tantas vueltas como usted. No hace falta un referéndum hasta para ver qué ropa me pongo. Ya hemos elegido representantes para ello y si España tiene que participar activamente con el resto de países, lo hará con el consenso de todas las fuerzas políticas, o sea, de los representantes de todos los españoles.


Otra vez el pacifismo mal entendido en manos de políticos, intelectualoides, artistas y artistuchos que se manifiestan diciendo que en su nombre, no. Pues en el mío sí. No quiero guerras, pero quiero ir al fútbol, a un concierto o a la plaza mayor en Navidad sin pensar que voy a volver a casa en caja de pino.






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