jueves, 22 de octubre de 2015

La reconquista de a poco

Aviso para los que hayan pensado en venirse aquí para aprender inglés: en Londres no hay ingleses. Ni escoceses, ni galeses, ni irlandeses del norte ni del sur. Parece que bastantes estadounidenses, aunque a lo mejor me obnuvila la invasión de empleados de American Airlines que tienen tomado mi hotel al asalto. Me alegra ver más de una mujer comandante de aeronave y más de un colega suyo uniformado según los cánones de la compañía, pero que en estos días ha cambiado su corbata por una rosa a juego con su pañuelo, en apoyo a las pacientes de cáncer de mama.

La camarera búlgara me ha sentado a desayunar al lado de una pareja de franceses. Parecían madre e hijo y podían ser hasta belgas por su escasez de salero, Al otro lado han llegado dos señores entrados en carnes y edad a los que me pareció oír hablar ruso. Después me he dado cuenta que eran de otro país, del este sin duda, pero no rusos porque a uno de ellos le pillé sonriendo mientras conversaba con su interlocutor, hasta en dos ocasiones.

A mi espalda un matrimonio chino daba buena cuenta de unas judías blancas con salsa de tomate dulce, de esas que tanto predicamento tienen en estos lares. Los pobres deben estar deseando volver a casa para poder desayunar unos baozi o unos tallarines decentes.

Anoche, a mi izquierda, una tímida pareja filipina se fue animando con el transcurso de la cena hasta el punto de que nos entraron ganas de recordarles que les habría salido más rentable pedir una o dos botellas de vino que hacerlo por copas. Luego nos alegramos de no haberlo hecho porque en este país, te sablean lo mismo por tres copas de 250 ml, que por una botella de 750. Lo justo es justo.

Afortunadamente pudimos disfrutar de diez minutos de paz, cuando los dos trajeados y obviamente fumadores comensales de la mesa de atrás, de nacionalidad indefinida pero que sonaba a exrepública soviética, salieron a airear sus vicios a la calle. Uno de ellos había dejado olvidado su rosario de paciencia sobre la mesa, así que no sé muy bien si volvería a acabar con su cena o con su compañero de mesa para evitar que siguiera hablando sin parar y a voz en cuello. Luego somos los españoles los que vociferamos.

A mi derecha, tres mujeres debidamente protegidas y custodiadas por un macho de la familia, dieron buena cuenta del equivalente a un buey joven, regado con varios litros de diferentes caldos espumosos de cierta compañía de Atlanta. Una de ellas se levantó con aparente fatiguita y tuvo que contener la respiración al pasar entre las sillas que entorpecían el pasillo que conducía al lavabo. Serían sauditas o como mucho emiratíes, no doy más. Mucho velo negro para que no se les viera ni un mechón de pelo, pero no hubo jersey con anchura suficiente que contuviera su inconmensurable pechamen, el cual aproximó muy peligrosamente a los cogotes de varios, en sus periplos de ida y vuelta.

¿Y nosotros? Pues aquí estamos también. Sirviendo de camareros en pubs, restaurantes y hoteles. Si es que siempre hemos sido muy buenos en esto. Quiero pensar que también ocupamos otros puestos de esos que no se ven, porque no solo valemos para tirar cañas. Andando por la calle, otra buena cantidad. Se oye más español que inglés, a lo que nos ayudan y mucho nuestros hermanos latinoamericanos. Igual vamos a conseguir ahora lo que no consiguió Felipe II, pero nosotros vamos a mover la linde de a poco, como dice el genial José Mota. Y un día se van a levantar y les vamos a haber invadido y van a tener que aprender español para entenderse con los que les ponen el café, como le ha pasado a más de uno en el golfo Pérsico. Les salva que esto es una isla y no se puede poner puertas al mar, que si no... Aunque siempre se puede empezar por Gibraltar que lo tenemos más a mano.

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