lunes, 1 de junio de 2015

Breve relato indignado

Había oído rumores de que mi amiga Catalina iba hablando de mí en términos poco agradables a mi espalda, pero pensé que serían comentarios sacados de contexto o que simplemente, algún día habría hablado con más alegría de la necesaria porque estuviera picada conmigo por algún motivo. No quise darle más importancia pero tenía inevitablemente la mosca detrás de la oreja porque conociéndola, no dudaba de que en cualquier momento me la pudiera liar.

Un buen día decidí que sería buena idea invitar a un par de amigas a comer, entre las que por supuesto, se encontraría Catalina. Aproveché también para llamar a mi amiga Aintzane Escalaperra, con la que aunque tuve en su día algunos encontronazos, nuestra relación actual no era mala y sabía además que tenía ciertas afinidades con Catalina. 

Las dos aparecieron en mi casa a la hora convenida y salí a recibirlas, tras lo cual y sin venir al hilo, ellas comenzaron a criticar mi deplorable gusto para la decoración, haciendo comentarios bastante hirientes sobre lo poco que pegaba esto con aquello, o lo hortera que resultaba la combinación de colores de las paredes. Lo que más me dolió fue la dura crítica a mi colección de muñequitas de porcelana que llevaba años juntando. ¡Y yo que tenía pensado regalarles a cada una de ellas una de mis figuritas para que tuvieran de recuerdo! Incluso el marido de Catalina, al que yo consideraba algo más prudente y conciliador, no solo no hizo reprobación alguna a su mujer, sino que sonrió con cierto viso de satisfacción sin decir una palabra.

Pasé toda la comida deseando que se acabara. Mis "amigas" consiguieron hacerme sentir incómoda dentro de mi propia casa. Lo que me pedía el cuerpo era mandarlas a paseo en aquel mismo momento, pero pensé que debía hacer un esfuerzo para mantener en lo posible las buenas relaciones y la amistad que nos había unido durante tantos años y traté de poner mi mejor cara durante toda la reunión. No sé por qué, pero tampoco desheché la idea original de que se llevaran una de mis porcelanas de recuerdo. Total, me daba ya lo mismo lo que dijeran después de aquella entrada triunfal. 

No tardaron mucho en marcharse después de los postres. Cuando vi que aquello no daba más de sí, me levanté y les entregué los dos paquetitos que tenía preparados para ellas desde hacía días. Pensando en que quizás no los cogerían, para mi sorpresa los desenvolvieron y los guardaron inmediatamente en sus bolsos con aparente satisfacción. Me dieron las gracias con cortesía y se marcharon tan ricamente por la puerta.

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