martes, 26 de mayo de 2015

Aquí hay para todos

¿De verdad llegamos a entender lo que significa la desesperación de una niña que se ve sola buscando de dónde sacar dinero para pagar un impuesto revolucionario y que ante la imposibilidad de librarse del acoso, decida que es mejor no seguir viviendo y salte por una ventana?

Algunos de vosotros pensasteis que eso de compartir aula con una niña con cierta incapacidad motora e intelectual era un mal rollo y así se lo hicisteis saber. No sé de qué me extraño. En clase de uno de mis sobrinos más pequeños hay un niño con problemas similares al que apodan el baboso, con toda la naturalidad del mundo. Paradójicamente, sus compañeros, niños de cuatro añitos, le llaman así sin malicia. Yo solo me pregunto quién le habrá puesto el mote pero mucho me temo que no ha sido ninguno de ellos. 

El más "avispado" compañero de esta pobre criatura de dieciséis años del barrio de Usera de Madrid —solo Dios sabe en qué partido político le veremos militar en el futuro— consiguió acojonarla de tal manera que la pobre chica se tuvo que poner a trabajar para reunir los cincuenta euros que le había exigido su acosador. Parece que este pieza no solo la extorsionaba a ella, sino a alguno más que no se ha atrevido a denunciarlo. 

Otros que le dabais clase, avisasteis solícitos a la familia en lo que a mí me da que no fue más que un despliegue de la conocida técnica brown passing, mediante la cual se le pasa el marrón a otro estamento, en este caso la policía, en lugar de tomar cartas en el asunto desde el centro y empezar por lo menos, por llamar a capítulo al chico que le estaba amargando la existencia. 

No importa, porque el director del centro tiene la conciencia muy tranquila por lo que ha pasado y desde el instituto han hecho todo lo que estaba a su alcance para ayudar a la chica. Pues qué alcance más corto han tenido ustedes, señores míos. Es más, la consejería de educación ha sabido de los hechos, cuando ya no había nada que hacer al menos en el caso de esta niña, y ha enviado un psicólogo e inspectores al centro para valorar lo ocurrido. Menos mal. Me quedo mucho más tranquila.

La eficacia de las instituciones de por arriba y por abajo me deja obnubilada, alucinada y ojoplática. A buenas horas mandan la caballería. Será que están preocupados por el trauma que les ha podido causar a los demás estudiantes, el hecho de que una niña con una edad práctica de unos diez años de edad, haya decidido saltar por la ventana de su casa porque no aguantaba más su vida y según dijo a sus amigos por WhatsApp momentos antes de hacerlo, estaba cansada de vivir. 

Que cada uno se aplique lo que le corresponda. Me voy a permitir recomendar un leve ejercicio de contrición, sobre todo a aquellos que lo primero que han entonado ha sido el "pío, pío que yo no he sido". A los que se han burlado de ella, a los que han visto como se burlaban de ella y han pasado de largo, a los que se han aprovechado de una u otra manera de su inocencia, al que la ha extorsionado directamente, a los responsables del instituto que cuando vieron el percal se limitaron a avisar a los padres para que tomaran cartas en el asunto. 

He leído que el director no siguió el protocolo de actuación establecido y por tanto ha sido suspendido de sus funciones. Si eso es cierto y teniendo que haber puesto el hecho en conocimiento del organismo de educación correspondiente, no hizo nada, le deseo simplemente muchas noches de insomnio y que en su duermevela vea niñas volando desde sextos pisos. Más allá de protocolos, me encantaría que me explicara por qué cuando se tuvo conocimiento de este acoso, no se llamó al causante para hablar con él y en su caso aplicarle el más estricto de los correctivos.


Si yo hubiera sido la directora de ese instituto, ese niñato habría ido inmediatamente a la calle con una denuncia donde sea que se reporte a este tipo de proyectos de hombrecillos, lo que con seguridad habría sido considerado por muchos un acto fascista. Aunque con todo y con eso, puede que hoy no hubiera habido un ángel más en el cielo. 

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