miércoles, 15 de abril de 2015

Morituri te salutam

Por si no teníamos bastante en lo que entretenernos y/o preocuparnos, habremos de añadir, mis queridos futuros causantes y causahabientes, otro detallito más para tener en cuenta antes de hincar el pico.

Creo que no voy a descubrir nada diciendo que la muerte de alguien cercano es mal rollito para el que se queda, no digamos para el que abandona este mundo cruel, que más allá del mal rollito, es un putadón en la mayor parte de los casos. Digo alguien cercano, que encima no tiene por qué ser necesariamente alguien querido, aunque sí lo suficientemente próximo a nosotros como para que nos tengamos que encargar de sus asuntos burocráticos post-mortem.

Para empezar, las exequias funerarias. Dependerá mucho del lugar donde uno tenga el honor de ser llamado al corral de los mansos, pero si tiene la osadía de ir a fenecer en un hospital público, grande y libre, la experiencia debe ser solo comparable a lo que uno se puede encontrar al cruzar el Gobi sin cantimplora, lo que en los tanatorios de por aquí se conoce con el nombre de empresas funerarias.

Estos accipítridos vestidos de oscuro traje, revolotean en grupos de a cuatro o cinco, sobre las puertas de acceso a las tétricas salas mortuorias, blandiendo a cual más evocadora tarjeta de visita, en busca de los causahabientes que decía yo al principio para colocarles el más suntuoso, (no, mire usted, es que yo quiero algo más modesto), o más entrañable, (no que lo que quiero decir es más barato), o más apañado entierro, (¿ve usted como ya nos vamos entendiendo? Si no es por no gastar, es que mi causante era persona de gustos sencillos).



Superada la primera prueba y tras el afloje gallinero de unos cuantos miles de euros, que ni morirse puede uno, viene la parte del temido y desconocido papeleo, Dios me libre de detallar.


Con lo que estos tiempos han adelantado, que ha sido una barbaridad, ahora tenemos que añadir una cosita más: ¿qué hacemos con nuestra virtual presencia? 




Esta mañana he oído a alguien, evidentemente interesado en incrementar ciertos volúmenes de negocio asociados con tan oficinesca ocupación, (abogados, notarios...), que deberíamos considerar nombrar un albacea virtual, para que llegado el crítico, indeseado y espero lejanísimo momento, se encarguen de hacer y deshacer lo que estimen oportuno, (o lo que les hayamos instruído en vida), en lo referente a nuestra presencia en la red. Esto, recomendaba el pollo, mejor que simplemente dejar una nota de mayor o menor formalidad con nuestras últimas voluntades y mejor aún, si se documenta en escritura pública, (y así pillamos todos, añado yo).

Lo que más me ha encalabrinado es que se justifique en decir que es empresa complicada. ¿Complicado el qué? Pues dice que hay que ir uno por uno buscando y pidiendo la baja de las redes en las que estemos inmersos, justificar que el finado es uno que lo es y que uno está justificadamente relacionado con el primero, como para tener potestad para la eliminación virtual. 



Muy señor mío, agorero exagerado, negativísimo y alarmista. A mí me ha tocado hacer desaparecer un cadáver, (virtualmente, aseguro), y no hay nada más fácil. Tan sencillo como cancelar tarjetas de puntos de Paradores o solicitar la baja en asociaciones y colegios profesionales. Todo lo que hay que hacer es enviar una copia escaneada del certificado de defunción y en los sitios más exigentes, otra de cualquier documento que acredite tu cercanía con el difunto, como por ejemplo, la página del libro de familia donde se vea que eres padre, madre, esposo/a, hijo/ o hermano. Enseguida te mandan un escueto correo de condolencias y al cabo de poco, la baja es efectiva y no queda del finado ni la sombra.





No liemos tanto la madeja que no hay por qué y además, en el más perezoso de los escenarios, ¿a quién le importa ser inmortal en las redes? ¿Qué más da que cuando alguien teclée tu nombre en Google aparezca alguna referencia a tu persona? Disfrutemos de la vanidad que nos da saber hoy que no nos van a olvidar cuando hayamos doblado la servilleta.

Ya sabía yo que Jorge Manrique tenía razón: viviremos mientras estemos en el recuerdo de los que nos sobreviven, ergo estando en la red de redes, viviremos mucho más.



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